Nadie le hacía caso, nadie le pedíaperdón cuando le pisaban, nadie, nadie, nadie... Era invisible a los ojos de la gente o eso creía hasta que levantó la mirada y vio unos ojos observandola.
Todo volvió a su sitio.
Un día como otro cualquiera, en un barrio como otro
cualquiera se encontraba una casa que destacaba en medio de una
hilera de pisos hechos al por mayor. La casa tenía un precioso techo
en forma de triángulo (beneficioso para los días de nieve), seguido
por unas paredes de madera de color morado oscuro. Lo que más
llamaba la atención de la casa era una ventana sobresaliente que de
noche si pasabas por allí podrías ver el interior de la vivienda
con todo lujo de detalles. Además la casa iba acompañada de un
precioso jardín delantero que estaba delimitado como no por una
valla blanca de madera. Hacía muchos años que se había construido
la casa y aunque antes habían existidos muchas similares ya solo
quedaba esa, el último eslabón perdido en una ciudad donde lo nuevo
primaba sobre lo viejo.